La urgencia de reducir el impacto ambiental de la industria de la moda ya no admite
matices ni retrasos. Nos encontramos ante una crisis sistémica que combina degradación
ambiental, desigualdad social y un modelo de consumo insostenible. La necesidad
urgente de reducir el impacto ambiental generado por la industria textil se ha convertido
en una prioridad imprescindible que empresas, organizaciones, educadores,
consumidores, productores y legisladores deben incorporar en su hoja de ruta. La moda
es responsable de una gran cantidad de emisiones de CO₂, deja una profunda huella en
forma de residuos en la tierra y el agua, y consume enormes volúmenes de recursos
naturales limitados, comprometiendo los límites planetarios y el bienestar de las futuras
generaciones. Cada uno de los agentes implicados en la cadena de valor, debemos
asumir nuestra parte de responsabilidad y actuar de manera coordinada.

La industria textil opera a través de una de las cadenas de suministro más complejas,
fragmentadas y opacas que existen. Desde la extracción de materias primas hasta la
confección, el transporte, la venta y el descarte, cada eslabón implica impactos
ambientales y sociales significativos. Cada prenda nueva que se pone en circulación
requiere energía, agua, productos químicos y mano de obra, y genera emisiones que se
acumulan a lo largo del proceso. Y, sin embargo, la mayoría de estas prendas están
destinadas a una vida útil cada vez más corta, empujadas por un sistema que fomenta la
sobreproducción, la obsolescencia y el consumo impulsivo. Cada nueva prenda, además,
termina sumándose a las crecientes montañas de residuos acumuladas en vertederos,
convirtiendo territorios como Ghana o el desierto de Atacama en zonas inhabitables y
peligrosas para las comunidades locales.

El pasado 23 de diciembre de 2025 era la fecha establecida por el gobierno de Indonesia
para el cierre del vertedero principal de Bali, debido a incumplimientos ambientales
durante décadas y a la ilegalidad del sistema de open dumping, un sistema muy básico
de gestión de residuos dónde éstos se depositan directamente al suelo sin controles ni
tratamientos adecuados. Finalmente el límite se ha extendido a febrero de 2026 dando
un poco de margen a las administraciones locales y a las comunidades para que
optimicen sistemas de gestión desde la fuente, como el compostaje, separaciones en
origen, instalaciones de TPS3R (instalaciones destinadas a brindar un servicio de
recolección de desechos, clasificar los materiales reciclables y procesar los desechos
orgánicos en compost) y otras tecnologías de procesamiento. El futuro inmediato plantea
desafíos importantes para la isla en la gestión de residuos, así como oportunidades para
un modelo más sostenible. Si Bali logra implementar con éxito estos sistemas
alternativos, podría convertirse en un modelo regional de gestión sostenible de residuos,
reduciendo vertidos, contaminación y presión sobre el medio ambiente. Por el contrario,
si la transición falla o es lenta, podría agravar la problemática de basura en calles, ríos y
playas. Una incógnita que desvelaremos en tiempo real y a muy corto plazo, y que
podríamos ver replicada en otras comunidades en un futuro próximo.

 

El verdadero problema, sin embargo, no son solo los vertederos: somos nosotros y la
enorme cantidad de residuos, gran parte de ellos ropa, que generamos. Ropa que podría
reutilizarse una y otra vez. El Reglamento de Ecodiseño para Productos Sostenibles (ESPR)
prohibirá desde 2026 y de manera gradual según el tamaño de la empresa, la destrucción
de prendas no vendidas. Las marcas que producen más stock del que venden deberán
recolocar esa ropa o ajustar su producción. Esta medida es un paso crucial, pero también
anticipa un cambio de mercado: la venta de ropa de segunda mano crecerá de forma
exponencial —se estima que el mercado mundial alcanzará 350.000 millones de dólares
en 2028, triplicando el crecimiento del mercado de ropa tradicional.

Por eso es imprescindible educar en sostenibilidad desde edades tempranas. Esto
implica integrar contenidos sobre sostenibilidad y consumo responsable de manera
transversal en todos los niveles educativos, de modo que los estudiantes no solo
comprendan la problemática asociada al ultraconsumo y a las ultraproducciones, sino que
también se familiaricen con los principios de la economía circular y la cultura del consumo
responsable.

El objetivo es reemplazar progresivamente el modelo actual de consumo —comprar, usar,
tirar— por hábitos que promuevan la reducción, reutilización y valorización de los
recursos, desde edades tempranas. Se trata de un cambio cultural profundo, que solo
puede consolidarse mediante la educación, formando generaciones capaces de tomar
decisiones conscientes y sostenibles a lo largo de toda su vida.

En el marco de la moda sostenible, esta transformación se articula a través de la jerarquía
de las 5R: Rechazar, Reducir, Reutilizar, Reparar y Reciclar. El orden no es arbitrario;
responde al impacto real de cada acción.

En un mundo marcado por este ultraconsumo, que se traduce en ultrasproducciones, la
primera y segunda R —Rechazar y Reducir— son indispensables para hacer frente a la
disminución de estas enormes montañas de residuos. No necesitamos más ropa nueva.
Cada año, se producen 100.000 millones de prendas y existe suficiente ropa para cubrir
las necesidades de varias generaciones. Por lo tanto, antes que nada, rechazar y reducir.
La tercera R hace referencia a Reutilizar. Reutilizar significa devolverle la vida a un objeto
o una prenda, prolongando su uso original. En cambio, reciclar implica transformar esa
prenda en otro formato. A menudo se presenta el reciclaje como la gran solución, pero es
importante entender sus límites. Si bien el reciclaje es una herramienta necesaria,
reutilizar debe ser siempre la prioridad, ya que consume menos energía, genera menos
impacto ambiental y mantiene el valor del producto durante más tiempo dentro del
sistema. Todo lo que ya está producido, ya ha utilizado recursos y cuantas más veces se
reutilice menor es su huella. Es proporcional: a más años usado, menor huella.
Además, reutilizar evita el residuo al 100 %. Mientras que el reciclaje solo gestiona
parcialmente el final de vida, la reutilización retrasa o incluso elimina la necesidad de
desechar. El reciclaje, cuando se presenta como única solución, puede generar una falsa
sensación de tranquilidad y legitimar el descarte continuo, bajo la idea de que “ya se
reciclará”.

Por eso es fundamental entender que reciclar es la quinta R, no la primera. Es una
herramienta necesaria cuando no existen otras alternativas, pero solo debe activarse
cuando rechazar, reducir, reutilizar y reparar ya no son posibles. En el caso de la ropa, la
reutilización casi siempre es una opción viable, especialmente gracias al crecimiento de
las tiendas de segunda mano y a nuevas plataformas de intercambio.

Reutilizar ropa —ya sea regalándola, donándola o comprándola de segunda mano—
prolonga su vida útil, reduce la demanda de nuevas producciones y disminuye de forma
directa la generación de residuos. Pero, además, tiene un valor simbólico y social muy
potente: nos devuelve el control. La decisión deja de estar exclusivamente en manos de
la industria y pasa a estar en manos de las personas consumidoras.

Reutilizar es un acto cotidiano, accesible y profundamente transformador. Nos invita a
repensar nuestra relación con la ropa, a valorar lo que ya existe y a asumir un papel activo
en la transición hacia un modelo de consumo más consciente, responsable y sostenible.
Porque, antes que reciclar, reutilizar no es solo una opción más eficaz; es una declaración
de intenciones frente a un sistema que necesita cambiar de raíz.

Antes que reciclar, reutilizar. Porque todo lo que ya está producido merece vivir más de
una vida.

 

Airí Ferrer Soler
Consultora de moda sostenible y coordinadora de Fashion Revolution Euskadi